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Santiago T. Peredo | @SantiagoTPeredo
Antoine Griezmann sigue bordando su nombre en el tapiz de la historia rojiblanca. El joven rubio que llegó con una sonrisa tímida hoy es el máximo goleador eterno del Atlético de Madrid, y este martes, frente al Eintracht de Frankfurt en el Metropolitano, pintó otro trazo dorado: el gol número 200 con la camiseta colchonera. Una cifra que, hasta ahora, es territorio exclusivo del francés.
El choque ya sonreía 2-0 a los de Simeone, cuando, en el alambre del descanso, Julián Álvarez inventó magia por la banda izquierda y le sirvió a Griezmann un regalo en bandeja. El galo, con la frialdad de un poeta del área, solo tuvo que empujarla para que la historia se escribiera una vez más con tinta rojiblanca.
No era el Griezmann más voraz el que llegaba a la cita. Hasta el derbi del sábado —donde selló la manita con un 5-2— llevaba un desierto de goles en Liga desde aquel 1 de febrero contra el Mallorca. En medio, apenas un par de chispazos (uno al Barcelona en Copa, otro al Botafogo en el Mundial de Clubes). Pero parece que al francés, cuando agarra la racha, no hay muro que lo detenga.
Hoy, con 34 años, su hoja de servicios es la de una leyenda: 454 partidos, 200 goles, 87 asistencias. Su estreno goleador también se remonta a la Champions: aquel 16 de septiembre de 2014 en Atenas, en un 3-2 frente al Olympiacos. Un mes y medio después llegaría su primera diana liguera, un doblete contra el Córdoba. Para la Copa hubo que esperar más: enero de 2016, frente al Rayo Vallecano. Y no se olvida otro sello imborrable: Griezmann marcó el primer gol de la historia del Metropolitano, el 16 de septiembre de 2017, contra el Málaga, en un 1-0 que aún late en la memoria colchonera.
Una celebración para guardar
El club y el jugador tenían guardado un ritual especial. Una camiseta con el nombre “Grizi” y el número 200 en la espalda fue el estandarte. El francés besó el escudo, como quien besa la eternidad, mientras su inseparable Koke jugaba de cómplice: metió un balón en el césped para reiniciar el juego, pero antes se guardó como tesoro la pelota con la que Griezmann había marcado su bicentenario.
El Metropolitano lo celebró como se celebran los goles que trascienden: no solo el tanto de un partido, sino el latido de una leyenda que sigue escribiendo capítulos en rojo y blanco.
