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Redacción Atletimanía
El Atlético de Madrid se despidió de la temporada de la peor manera posible. Con otra noche amarga. Con otra sensación de equipo roto cuando le aprietan. Con otra imagen impropia de un aspirante a todo. El Villarreal le pasó por encima en La Cerámica (5-1) y convirtió el último partido del curso en un castigo para un conjunto rojiblanco que llega al final exhausto física y mentalmente.
La goleada amarilla sirvió además para confirmar el tercer puesto del equipo de Marcelino, brillante durante toda la noche, vertical, agresivo y tremendamente efectivo ante un Atlético descompuesto atrás desde el primer minuto. Fue un festival ofensivo del Submarino y un cierre muy duro para los de Simeone, que terminan la campaña con demasiadas cicatrices: derrota en la final de Copa, eliminación europea ante el Arsenal y un final liguero sostenido únicamente por orgullo competitivo.
El encuentro empezó incluso con cierta personalidad del Atlético. Álex Baena, de vuelta a la que fue su casa, asumía galones entre líneas y los rojiblancos parecían instalarse en campo rival con movilidad arriba y posesiones largas. Pero todo saltó por los aires en cuanto el Villarreal encontró espacios a la espalda de los laterales.
Ahí comenzó el vendaval.
Nicolas Pépé atacó el espacio, dejó atrás a la defensa rojiblanca y forzó un penalti de Juan Musso. Dani Parejo, en una noche cargada de emoción por su despedida, no perdonó desde los once metros para abrir el marcador. Apenas cinco minutos después, Alfonso Pedraza destrozó a Marcos Llorente por banda izquierda —caño incluido— y puso un balón perfecto al área para que Ayoze Pérez empujara el 2-0.
El Atlético quedó tambaleándose. Sin capacidad para frenar las transiciones. Sin contundencia. Sin respuestas.
Y el Villarreal olió sangre.
Con los de Simeone desordenados y obligados a adelantar líneas, el conjunto castellonense encontró autopistas. Ayoze volvió a aparecer para asistir a Georges Mikautadze, que definió el tercero con una facilidad alarmante ante una defensa completamente partida. Cada llegada amarilla era una sensación de peligro real.
El Atlético logró recortar distancias en una acción aislada. Marc Pubill aprovechó un balón suelto tras un saque de esquina y marcó el 3-1, pero ni siquiera eso sirvió para cambiar la dinámica. Porque antes del descanso llegó otro golpe más. Otro error defensivo. Otra desconexión colectiva. Y otro gol del Villarreal para firmar un durísimo 4-1 antes de marcharse a vestuarios.
Simeone agitó el banquillo tras el descanso buscando frenar la sangría. Entraron piernas frescas, apareció Sorloth y el Atlético intentó maquillar el desastre, pero el Villarreal seguía jugando a otra velocidad. Más intenso, más preciso y mucho más convencido.
El quinto terminó de retratar la noche rojiblanca. Ayoze apareció completamente solo dentro del área para firmar su doblete y desatar la fiesta en La Cerámica. El Atlético ya era un equipo resignado, sin energía ni capacidad de reacción, mientras el Villarreal disfrutaba de una noche histórica junto a su gente.
La recta final dejó emociones en la grada amarilla, con las despedidas de Parejo y Pedraza entre lágrimas y ovaciones, mientras sobre el césped el partido iba muriendo entre cambios, canteranos y un Atlético que reclamó tímidamente un penalti que nunca llegó.
Sorloth tuvo alguna ocasión para reducir daños y Mikautadze rozó el sexto, pero el marcador ya resumía perfectamente lo ocurrido.
Un Villarreal brillante cerrando una temporada para recordar. Y un Atlético apagado, vulnerable y lleno de dudas cerrando un curso que, otra vez, termina dejando más decepciones que respuestas.
