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Redacción Atletimanía
El Atlético de Madrid se quedó a las puertas de la gloria en La Cartuja tras caer en la tanda de penaltis ante la Real Sociedad, en una final vibrante que tuvo de todo menos premio para los de Diego Pablo Simeone. Dos veces tuvo que remar el conjunto rojiblanco para igualar los goles de Ander Barrenetxea y Mikel Oyarzabal, pero desde los once metros la moneda salió cruz y la Copa voló a San Sebastián.
El desenlace fue especialmente duro para un Atlético que había sido capaz de imponerse por fases en el juego, pero que volvió a pagar su falta de contundencia. En la tanda, los errores de Alexander Sorloth y Julián Álvarez, ambos frenados por Unai Marrero, marcaron el destino de un equipo que ya fue a remolque desde el inicio.
Y es que la final arrancó con un golpe inesperado. Apenas 14 segundos necesitó la Real para adelantarse, con un cabezazo de Barrenetxea tras una acción mal defendida. Un mazazo inmediato que obligó al Atlético a reaccionar sin haber entrado en calor. Lo hizo poco a poco, adueñándose del balón y generando peligro hasta encontrar el empate en una buena acción culminada por Ademola Lookman.
El partido entró entonces en una fase más controlada, pero justo antes del descanso llegó otro golpe. Un error en salida de Juan Musso terminó en penalti y Oyarzabal, infalible, devolvió la ventaja a los donostiarras. De nuevo tocaba remar.
Tras el paso por vestuarios, el guion fue claro: dominio rojiblanco ante una Real replegada. El Atlético empujaba, pero le faltaba precisión en los metros finales. Simeone agitó el banquillo buscando soluciones, y el equipo insistió hasta encontrar premio en el tramo final. Julián Álvarez, con una acción de puro talento, firmó el 2-2 y llevó la final a la prórroga.
En el tiempo extra, el desgaste pesó y el miedo a fallar se impuso. Hubo alguna ocasión en ambas áreas, incluso un disparo al palo de la ‘Araña’, pero el marcador ya no se movió. Todo quedaba en manos del punto fatídico.
Ahí, la Real Sociedad fue más fiable. Golpeó primero, resistió la presión y terminó cerrando la tanda con sangre fría. El Atlético, en cambio, arrastró sus dudas y lo pagó caro.
Una final que deja una herida profunda en el lado rojiblanco: por cómo se desarrolló, por las ocasiones, por la sensación de haber estado más cerca… pero también por ese desenlace que, una vez más, recordó que el fútbol no siempre premia al que más insiste.
